Somos Negligentes: ¡Oh cuánto quiero ver la gloria y el poder del Dios vivo!

Gonzalo David 24 de mayo de 2014 0 Comentarios

Quizás este es el acto más estúpido e irresponsable que estoy haciendo. Acabo de terminar el primero de tres trabajos que debo entregar a más tardar mañana, pero mi corazón está atribulado y la mejor manera que tengo de expresarlo es a través de las palabras.

¿Qué tanto nos preocupamos por nuestros hermanos en la fe? En estos años que llevo de caminar junto al Señor, he sido muy negligente. Me he quedado callado cuando tendría que haber exhortado, no he orado lo suficiente por los necesitados, incluso teniendo a un amigo acá en la casa, que necesitaba mi apoyo como hermano, me hice el desentendido y no lo atendí.

Me conmueve la angustia profunda del apóstol Pablo por sus compatriotas en la carta a los Romanos capítulo 9; él hubiese preferido ser maldito y separado de Cristo por amor a ellos. Esto me recuerda la situación que vivieron mis padres. Durante mucho tiempo lloraron de guata clamando a Dios por mí (no puedo dejar de llorar al pensar el sufrimiento que había en ellos) por mi salvación.

¿Nos interesa el estado en el que está la relación con Cristo de nuestros hermanos en la fe? ¿Nos duele la condición en la que están varios de ellos? Mi respuesta más sincera, es que por mucho tiempo, no. Mi preocupación por ellos fue muy superficial, de poco compromiso y desinterés.

El amor del Señor no es como el nuestro, nunca abandona a sus hijos

El Señor tiene muchos modos de enseñarnos, y en ese proceso creo que estoy ahora. Alguien que quiero mucho, y que me hizo volver a Cristo después de un estancamiento espiritual fuerte, está pasando por lo mismo ahora. Es tremendo ver a alguien que uno conoció totalmente consagrado y entregado por completo al Evangelio, alejarse cada día más de su Salvador, buscando infructuosamente redención y el sentido de la vida en otras cosas. Me da mucha pena ver a esta persona querida en esa situación, y ahora entiendo el dolor de mis papás (aunque en mi caso era pidiendo por mi salvación), es un dolor desesperante.

Cuando niño me crié en una iglesia de poca oración y que cuestionaba la veracidad de los milagros de Jesús. Ahora no puedo dejar de pensar que la respuesta a la oración constante de mis padres no fue menos que un hecho milagroso; sólo Dios me podía sacar de ese fango¿cómo no creerle? ¿cómo no confiar? El amor del Señor no es como el nuestro, nunca abandona a sus hijos. No puedo hacer otra cosa que decir:

Oh Padre! Trae a tu hija de vuelta a casa, porque en otro lugar nuestra vida no tiene sentido. Glorifícate en ella con la autoridad y el poder que sólo Tú tienes… Oh cuánto quiero ver tu gloria y el poder del Dios vivo!


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